Inicio Nacionales Sanciones en tiempos de Covid-19. Análisis demoledor

Sanciones en tiempos de Covid-19. Análisis demoledor

¿Si es a los venezolanos a quienes quieren ayudar los centros de poder, no deberían hacer pausa al castigo financiero? A menos que no importe tanto ayudar a sus ciudadanos como salir de su mandatario.

¿Si es a los venezolanos a quienes quieren ayudar los centros de poder, no deberían hacer pausa al castigo financiero? A menos que no importe tanto ayudar a sus ciudadanos como salir de su mandatario.

Como todo lo que vivimos es inédito, no hay ejemplos previos posibles para la solicitud política-humanitaria que Venezuela necesita. Nunca antes sanciones impuestas por los centros de poder fueron levantadas sin alcanzar sus objetivos (no importa cuánto puedan demorar, sino solo basta mirar a Cuba para saberlo), pero también nunca antes la humildad se había visto frente a una amenaza global como la del Covid-19.

Más de medio millón de contagiados en todo el planeta y cerca de 30 mil muertos en apenas 90 días.

En medio de semejante pandemia someter a un país al castigo de no poder comprar medicamentos, o abastecerse de equipos médicos, es inhumano.

En Venezuela, los factores políticos en pugna, por mera razón de sobrevivencia física y política, habían comenzado a entender este delicado dilema y había en el ambiente otro inédito espacio para un acuerdo común que permitiera cierto alivio a la gente que ambos dicen defender.
Esa necesidad fue, incluso, requerida por la alta comisionada de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, Michelle Bachelet, quien sin dejar de reconocer las fallas que en materia de Ddhh tiene el Gobierno de Venezuela, pidió hacer un alto a las sanciones por ayudar al país en la actual coyuntura.

Europa también estaba dispuesta a concederle un punto a Bachelet, cuando la Casa Blanca decidió bombardear la iniciativa. Desde la oficina oval se decidió que Maduro debía caer y si era por el coronavirus o por Guaidó o por el crudo, o por la falta de gasolina, por una implosión social, por alguna traición, o por todas las anteriores pues daba igual.

Entonces puso no solo precio a la cabeza del presidente de Venezuela y de sus principales aliados, sino que además dinamitó la posibilidad de acuerdo que por fin se vislumbraba en la convulsionada Caracas, ciudad que por primera vez sufre los rigores que desde hace años ya viven los venezolanos de la provincia: cortes de luz, falta de gasolina, escasez de agua, y demás calamidades.

La jugada de la Casa Blanca puede ser arriesgada, pero a la vez decisiva. Convengamos que si hay algún momento en que el que la vulnerabilidad de Maduro está al máximo pues es en éste. Pero ya hemos velado suficiente a ese paciente y cada vez goza de peor salud, pero sigue en Miraflores.

Y si este fuera el caso, la catastrófica decisión podría costar numerosas vidas, no solo de venezolanos, sino de sus vecinos, porque Venezuela, tal y cómo está, difícilmente podrá contener el avance de la pandemia dentro de sus fronteras.

Jugar a radicalizar tiene sus bemoles en las actuales circunstancias, porque no solo Maduro está en juego, sino también la salud de todos los venezolanos. Por lo que los réditos políticos podrían resultar además de costosos, históricamente vergonzosos.

De estar acorralado, contra las cuerdas, pendiendo de un hilo y demás yerbas sabe el ex sindicalista y ex canciller. De sueños y anhelos de victorias rápidas y fáciles también está saturada la oposición venezolana y hasta cierto punto la nada empática comunidad internacional.

Así como el Covid-19 es una amenaza para la especie, de ese mismo tamaño es la amenaza para la dirigencia política venezolana que vive en estos momentos una oportunidad única de alcanzar, sin violencia y con cordura, un acuerdo que consiga conducir al país al reencuentro, a un resucitar económico y, fundamentalmente, a batallar con la pandemia con posibilidades de éxito.

Apenas el viernes, el secretario de estado norteamericano Mike Pompeo, convino con el representante de la política exterior europea, Josep Borrell, en la necesidad de ayudar en estos momentos a los países más vulnerables, entre ellos Venezuela, pero de seguro concluyeron que con más sanciones o recompensas al estilo «western», no era mucho lo que podrían colaborar.

Los rusos no tardaron en acusar a sus archienemigos geopolíticos de ser responsables de un genocidio en Venezuela, argumento que por exagerado que parezca, difícilmente alguien podría dialécticamente rebatirles.

Y es que al Covid-19 se le combate con conciencia ciudadana, con solidaridad global, con inversión social y sanitaria y con la convicción colectiva de que todos tenemos que remar en la misma dirección aunque sea por primera vez en nuestra historia como especie.

Al coronavirus se vence con higiene y con humanidad. La codicia de servirse de él para otros fines no resulta útil en estos días y jamás la Maquiavélica idea estuvo tan equivocada: no hay fin que justifique semejante medio.

Pero como siempre, los derechos humanos terminan siendo una buena excusa, pero nunca un buen motivo.

Por: M.Delgado Marcucci- Diario Panorama

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