Yulimar Rojas la estrella del atletismo venezolano que llegó brillando a España

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Suena Adventure of a lifetime, el último pelotazo de Coldplay.

Y Yulimar Rojas (21) no aguanta: se pone a bailar ante la cámara de Àlex Garcia.

Gira sobre sí misma, se retuerce, hasta que Iván Pedroso (43), el legendario Iván Pedroso (nueve títulos mundiales en longitud), su entrenador, le dice:

–¿Hacemos la foto o no?

–Vale, vamos –contesta ella.

El fotógrafo se relame. Todos firmes. Pedroso contempla a su pupila y en el cielo luce una paleta de colores fabulosa. Sigue sonando Coldplay. Y mientras, Rojas se contiene. Hace lo que puede. ¡Le gustaría dejarse llevar por la música!

Yulimar Rojas confiesa que nunca había vivido una sesión de trabajo como la de ayer. A lo largo de la tarde concedió media docena de entrevistas, todas seguidas.

–Al volver a Venezuela, tras la plata en triple salto de los Juegos de Río, tuve que dar dos o tres entrevistas en un día. ¡Pero no tantas como esta vez!

–¿Y qué le parece?

–¡Está muy bien!

–Pero en Venezuela será usted una celebridad…

–La verdad es que sí. Aunque no puedo andar sola por ahí. Venezuela no es un país seguro. Me tiene que acompañar un guardaespaldas. Piense que, con mi altura, no paso desapercibida.

Yulimar Rojas mide 1,92 m.

Sale de la pobreza. Nació en Caracas, pero llegó a la Barcelona venezolana cuando aún tenía un año. Para entonces, su padre biológico ya se había marchado a Estados Unidos. Era la tercera de seis hermanos. Cuando el padre regresó, la madre ya vivía con su padrastro.

–Mi padrastro ha sido mi verdadero padre. Tuve una infancia dura. Nos costaba trabajo comer o comprar pañales. Mi madre, secretaria en una prefectura, fue una luchadora ejemplar. Ahora es lo más bonito de mi vida. Toda la familia vive en el apartamento que les he comprado.

–¿Y cómo llega al atletismo? No hay tradición en Venezuela…

–Bueno, Robeilys Peinado es campeona del mundo en pértiga en categorías inferiores. Y Asnoldo Devonish fue bronce en triple en Helsinki-52.

–Entiendo…

–No hay dinero para el deporte. Por eso no hay resultados.

–Pero usted es una estrella.

–Tenía catorce años. Me veía con talento para el deporte. Fui a un polideportivo, a probar en voleibol. Los entrenadores no estaban. Me vieron los técnicos del atletismo. Me captaron. A la semana ya estaba entrenándome. Al principio, en el salto de altura (saltó 1,87 m). Pero no era lo mío. Es cierto que era alta, pero tenía más facilidad para los saltos horizontales.

Luego, todo fue muy rápido.

A los quince años ya competía con el primer equipo venezolano. En el 2015 aparecía entre las diez mejores triplistas del mundo. Sin embargo, le faltaba algo más, un último paso.

–Soy una fanática de las redes sociales. Contacté con Iván Pedroso. Le escribí. Le dije que era el más grande de la historia, el rey de la longitud, y que me gustaría que me entrenase. Me dijo que seguía mi evolución, que veía mucho talento en mí. Pero que aún era un diamante en bruto.

Dos meses más tarde, y tras solucionar el papeleo burocrático, Rojas aterrizaba en Guadalajara, la residencia de Pedroso. Cuatro meses después ganaba el Mundial indoor en Portland.

–¿Qué le faltaba a Rojas en Venezuela? –le pregunto a Pedroso.

–Trabajaba la mitad. Algunos saltitos, algo de carrera y un poco de fuerza. En Venezuela hacía educación física, no atletismo.

–Aun así, logró grandes cosas.

–Yo quiero enseñarle lo que yo sé. Apartar de ella las cosas que hice mal en mi carrera. Formarla para que sea honrada y la quieran.

Vicente Egido, director deportivo de la sección de atletismo del Barça, se frota las manos.

Le ha caído un regalo del cielo.

Información de: La Vanguardia